Una señora con collar de perlas se quedó viendo la silla demasiado tiempo. Dos muchachos grabando historias bajaron el celular cuando Mateo pasó junto a ellos. Un hombre en traje murmuró algo al oído de su esposa y ella fingió toser para esconder la risa nerviosa.
Mateo lo notó. Claro que lo notó.
—¿Estás bien, hijo? —le pregunté.
Él levantó la vista y sonrió como si no le doliera.
—Tengo hambre, papá. No estoy hecho de vidrio.
Casi se me quebró el alma.
El gerente, Gerardo Luján, apareció sudando frío.
—Señor Salvatierra, no sabíamos que vendría. Le hubiéramos preparado un salón privado.
—Esta mesa está bien.
Gerardo miró la silla de Mateo.
—Es que el pasillo central puede complicar el servicio.
No hablaba del servicio. Hablaba de que mi hijo era visible.
Entonces una mesera se acercó. Se llamaba Mariana, según su gafete. Tenía el cabello negro recogido y una calma extraña, como si el desprecio del salón no pudiera tocarla.
Un trío de cuerdas empezó a tocar un vals suave junto a los ventanales.
Mariana miró a Mateo. No a mí. No a mi reloj. A él.
Hizo una pequeña reverencia.
—Caballero —dijo con ternura—, ¿me concede esta pieza y me deja seguir sus pasos desde su silla?
El restaurante entero se quedó en silencio.
Yo pensé que era una burla. Sentí la sangre subir a mi cabeza.
Pero el rostro de Mateo cambió.
Por primera vez en la noche, no parecía observado.
Parecía visto.
Entonces Gerardo agarró a Mariana del brazo y le susurró con rabia, aunque todos alcanzamos a oír:
—¿Estás loca? ¿Sabes quién es ese señor?
⏬️⏬️ continúa en la página siguiente ⏬️⏬️