Para siempre.
Así que contuve mi grito.
Evan esperaba lágrimas. Una escena. Una anciana destrozada desplomándose de dolor mientras él interpretaba al marido afligido para las cámaras de afuera. Siempre había creído que yo era pequeña porque hablaba en voz baja. Pensaba que la edad me hacía débil. Pensaba que el dolor me hacía tonta.
Se equivocaba en los tres aspectos.
Al frente de la iglesia, el señor Halden, el abogado de Emma, salió de la sombra del púlpito. Delgado, de cabello plateado, seco como el papel. En sus manos sostenía un sobre sellado con el nombre de Emma escrito.
La sonrisa de Evan se agudizó.
—¿De verdad es necesario esto ahora? —preguntó—. Mi esposa ni siquiera está enterrada.
El señor Halden se ajustó las gafas.
—Antes del entierro —anunció con voz tan severa que hizo callar la sala—, el testamento debe leerse.
Un murmullo recorrió a los dolientes.
Evan sonrió con sorna. Celeste le apretó el brazo.
Entonces el señor Halden abrió el sobre y leyó el primer nombre.
—Mi madre, Margaret Ellis.
La sonrisa de Evan se desvaneció al instante…
El señor Halden continuó, cada palabra resonando como un clavo en madera pulida.
—Dejo todos mis bienes personales, incluyendo mis acciones en ValeTech Holdings, la indemnización de mi seguro de vida, mis ahorros privados y la propiedad en Lake Arden, a mi madre, Margaret Ellis, para que los administre a través del Fideicomiso Familiar Ellis.
Evan palideció.
Los dedos de Celeste se deslizaron de su brazo.
—Eso es imposible —dijo Evan. Su voz se quebró al pronunciar la última palabra—. Emma no tenía acciones. Yo le daba una asignación.
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